Foto de la autora (intervenida)
Presentación del Poemario «Agua y manto» de Cristina Bravo Montecinos
En torno a Agua y manto, de Cristina Bravo Montecinos. Hojas Rudas ediciones, 2025.
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Valdivia impresiona como postal en toda fecha del año. La fotografía del río y sus puentes medios insinuados entre la niebla; o el destellante color azul del agua en el verano con la abundante vegetación que la bordea. Igual de fotogénicos son los humedales del río Cruces, las familias de cisnes entre los juncos; las flores de lotos que decoran las lagunas a la entrada a la ciudad; el contraste entre las embarcaciones de fondo, los lobos marinos y los feriantes con sus coloridos productos en un primer plano; y una postal tal vez un poco más retro: los niños tirándose piqueros en alguna playita cerca de las mulatas. Todo eso es lo que se nos ha grabado como la imagen de Valdivia. Una Valdivia desde la orilla, desde fuera del agua.
Este libro, me parece busca sumergirse en el agua, contarse dentro del agua, porque Valdivia desde el agua es otra cosa, es la diferencia entre mirar el paisaje y confundirse en él, entre delimitar colores y formas y que se pierda un poco la referencia entre arriba/abajo, yo/y mi entorno.
Entre recortar el río en lo que captura la vista y el color del cielo confundiéndose con el agua, la gran masa celeste parece inundarnos cuando estamos al medio del río.
Desde afuera cuesta relacionar el mapa de venas enmarañadas que se supone es la foto aérea del territorio, y la línea azul que cruza horizontal entre las totoras cuando uno se para desde la orilla. Desde adentro, en cambio, el mapa se vuelve tridimensional. El paisaje es una mezcla de sonidos, de olores, de sensaciones en la piel. Se pierde la nitidez de las formas y los límites entre las cosas se vuelven imprecisos, porosos. Es la diferencia entre contemplar y sumergirse.
Porque, ¿si nosotros no vemos el aire, los peces pueden ver el agua?
Contemplar significa “mirar atentamente un espacio delimitado” y se compone de “cum” y de “templum”, es decir, sería la “compañía” o la acción conjunta de mirar desde el templo, lo que se consideraba un lugar sagrado para ver el cielo. Se trata de un espacio “acotado”, “seccionado”. Y tiene que ver con las técnicas de observación de los augures, que parcelaban el cielo para mirar el vuelo de los pájaros y, con ello, predecir el tiempo, el futuro.
No se me ocurre con qué verbo o acción relacionar la perspectiva que nos sitúa dentro del agua. Tal vez, la más obvia, sea “sumergirse”, que viene de “sub” (debajo) y el verbo “mergere” (que significa hundirse). Pero “mergere” también viene de “mergo”, un ave marina o cuervo que pesca por inmersión y que también puede significar “buceador”.
“Zambullirse”, por su parte, nos acerca a las burbujas (las “bullas”), es decir, a ese borboteo que se produce al bucear en el agua. Y burbuja, “bulla” a su vez se asocia a “bucca”, que genera la palabra “boca”, “buche”, “bucle”, “desembocadura”. “Bucca” significaba originalmente “mejilla” en latín, y se refería a la concavidad hinchada, similar al gesto de respirar bajo el agua con los cachetes inflados. Me refiero a ese gesto que involucra la nariz de la cual salen las burbujas, y la boca como un globo reteniendo el aire.
Me parece que en este libro la experiencia del agua nos vuelve a la boca. De los ojos abiertos de la contemplación, a la boca abierta para recibir las variantes líquidas de Valdivia: el mar, los ríos, las corrientes subterráneas, la lluvia, los humedales. Pero también, las aguas de las nalcas, de los mariscos, de los caldos cuchareados. Y del propio cuerpo, compuesto, como sabemos, la mayor parte de agua.
No quiero hacer un espóiler de las escenas que se describen, pero el texto se inicia con alguien que busca (o bucea) entre las rocas y se echa un marisco a la boca: “se le hace agua la boca”.
Todo se “chupa” y “masca”, y todos tragan: los lobos, los treiles, los sapos, los cueros: “que la boca trague todo lo que quepa en las corrientes”.
Acá la comida no entra por la vista: la fruta se “escoge a ojos cerrados”.
Pero no es solo la boca la que traga: “guardo una foto que me captura minutos antes de haber tragado agua por la nariz”.
¿Qué tenemos que decir del formato del libro? Relieves en la portada; formas que se deforman entre las manos, haciendo aparecer cavidades curiosas; colores llovidos en la acuosa pintura de Him Rivera. Tal vez el libro sea un poco como Cristina describe a la propia Valdivia, aquella “hermosa deformación y la sumatoria de sus cuencos como bocas que humedecen con su canto el paisaje”.
Este hermoso y breve texto en prosa es una inmersión profunda en las aguas valdivianas. Una poética de habitar el espacio como los peces, con agallas, sintiendo por la boca y la nariz.