Todos amamos a Homelander: The Boys, Trump, MAGA y las ultraderechas o el fascismo que aprendió marketing – Carcaj.cl
Todos amamos a Homelander: The Boys, Trump, MAGA y las ultraderechas o el fascismo que aprendió marketing
01 de mayo 2026

Todos amamos a Homelander: The Boys, Trump, MAGA y las ultraderechas o el fascismo que aprendió marketing

Homelander llora frente a las cámaras y la multitud lo ama más.
Detente ahí. Quédate en esa imagen. 

Hay una pantalla encendida en cada pieza de cada casa de cada ciudad que ya no sabe cómo nombrarse. Hay una luz fría que cae sobre los cuerpos dormidos y los cuerpos que no pueden dormir y los cuerpos que ya no están. La pantalla no descansa, no se detiene. El espectáculo tampoco. Debord lo escribió cuando todavía había que explicarlo: el espectáculo no es lo que se ve. Es lo que le ocurre al cuerpo mientras mira. La vibración en el estómago. El calor súbito de pertenecer. El alivio animal de tener un enemigo con cara.

Eso venden. Eso compramos. Y a veces, eso terminamos siendo.

Trump no llegó a la política

La política llegó a Trump cuando él ya llevaba décadas siendo otra cosa: un nombre en letras doradas, una promesa de abundancia para quienes nunca la tendrían, un cuerpo naranja y excesivo que la pantalla amaba porque la pantalla ama el exceso, siempre, sin importar el signo. Cuando bajó por esa escalera mecánica en 2015 el mundo quiso reírse y tenía razón en reírse pero se equivocó en parar ahí. Porque lo que bajaba no era un payaso. Era un producto terminado. Era el resultado de cuarenta años de capitalismo espectacular aprendiendo qué formas adopta el deseo de los que fueron dejados atrás y cómo convertir ese deseo en combustible, en voto, en comunidad de marca con una tasa de retención que ninguna iglesia ni ningún partido había logrado en décadas.

MAGA no es una sigla. Es una herida que aprendieron a administrar desde afuera.

Luego vino el resto. Como franquicias. Como temporadas nuevas del mismo programa rodadas en distintos países con distintos actores pero el mismo manual de producción, el mismo arco narrativo, el mismo storytelling, el mismo departamento de casting buscando el tipo de cuerpo adecuado para cada mercado.

Milei llegó con una motosierra. Literal: una motosierra de utilería que alzaba en los mitines como si fuera un hacha de guerra, como si fuera un cetro, como si fuera el falo del fin de la historia. La gracia habría durado un minuto en cualquier otro momento. Duró lo suficiente para ganar una elección. Porque la motosierra no era un argumento económico. Era una imagen. Era el espectáculo puro: la promesa de destruir algo —el Estado, la casta, el orden que te aplastó— tan concentrada en un objeto tan absurdo que resultaba imposible no mirar. Y mientras mirabas la motosierra, mientras te reías o te horrorizabas o grababas en el teléfono, el programa seguía su curso. La motosierra era el trailer. El ajuste… bueno, el ajuste vino después, sin montaje. Los cuerpos aplastados que pagan el ajuste no aparecen en el trailer nunca, sería infamia, torpe, innecesario. 

Kast es más austero en la puesta en escena. Alemán, rubio, pacato. Menos motosierra, más traje oscuro, más voz pausada de quien sabe que la violencia no necesita ser ruidosa para ser efectiva y brutal. Es el Homelander que aprendió a hablar bajito. Que encontró en la nostalgia de Pinochet no una vergüenza a ocultar sino un activo de marca: la promesa de orden para quienes el desorden siempre ha significado otra cosa, para quienes el desorden tiene el rostro de los que reclaman, de los que marchan, de los que exigen que la tierra vuelva a ser tierra y no minería. Kast no alza una motosierra. Alza la Constitución del 80 con la suavidad de quien sabe que ese papel ya hizo su trabajo. De quien sabe que la violencia más eficaz es la que viene firmada y le llaman decreto.

Y luego está Bukele. Bukele es otra cosa y es exactamente lo mismo.

Bukele es el fascismo con filtro de Instagram. El autoritarismo que aprendió el lenguaje de los millennials y lo usó para lo mismo que todos los autoritarismos han usado el lenguaje disponible: para convencer a los de abajo de que el poder que los aplasta es en realidad el poder que los protege. Se llama a sí mismo el CEO más cool del mundo. Llenó las cárceles de El Salvador con decenas de miles —muchos inocentes, todos pobres, todos morenos, todos descartables— y lo transmitió en vivo. Lo convirtió en contenido. Las imágenes de hombres encadenados, cabezas rapadas, tatuajes visibles, filas de cuerpos doblados entrando a la cárcel más grande del hemisferio: esas imágenes las publicó él mismo. Las ofreció como prueba de eficacia. Como publicidad. Como la campaña más exitosa de su gestión. Guantánamo daba vergüenza, por eso lejos, oculto al ojo mordaz del mundo. El Salvador es orgullo, es posicionamiento de marca. 

Y funcionó. Las encuestas subieron hasta el techo. El espectáculo de los cuerpos morenos humillados generó aprobación. Porque Debord tenía razón en lo más oscuro de su razonamiento: el espectáculo no tiene moral propia; solo poder, ego y hambre. Hace espectáculo de lo que vende. Y lo que vende, en el mercado político del siglo XXI, es la sensación de que alguien finalmente hace algo. Aunque ese algo sea esto. Aunque ese algo sea sangre derramada entre las grietas del odio y el olvido.

The Boys llegó y fingió que era ficción.

Puso a Homelander en la pantalla: rubio, mandíbula de piedra, capa roja como sangre seca, ojos que se encienden en azul justo antes de matar mientras sonríe. Lo puso llorando frente a su gente. Lo puso diciendo la verdad brutal que el orden siempre prohíbe decir. Y mostró algo que el análisis político con sus categorías prolijas no alcanzaba a ver: que la gente no lo seguía a pesar de la crueldad. Lo seguía por ella. Porque la crueldad, cuando se llama honestidad, cuando se llama fuerza, cuando se llama por fin alguien que dice lo que todos pensamos, produce un calor en el pecho que la deliberación racional nunca supo producir.

Ese calor tiene historia. Guérin la rastreó en los años treinta entre las ruinas de Weimar: el fascismo no viene del exterior de la civilización como un virus extraño. No es ajeno a nosotros. Sale de su centro. Desde nuestro espíritu podrido. Es el capital en pánico dándole forma organizada a su propia violencia cuando las instituciones ya no pueden sostener la mentira de que el orden es justo. Lo nuevo, lo que Guérin no podía ver porque pertenece a otra fase del mismo infierno, es que hoy esa violencia necesita ser amada. Necesita likes. Necesita que el cuerpo que destruye sea también el cuerpo que despierta algo parecido al deseo en quienes lo miran.

Vought no fabrica villanos. Fabrica héroes. La diferencia es el departamento de marketing.

Y Vought tiene filiales. Tiene licencias regionales. Tiene versiones locales calibradas para cada mercado, cada herida, cada forma específica que toma el abandono en distintas latitudes. La franquicia Homelander opera en Washington con traje y bandera. Opera en Buenos Aires con motosierra y melena. Opera en Santiago con voz calmada y la sombra de un general muerto que todavía da votos. Opera en San Salvador con teléfono en mano, transmitiendo en un live la propia brutalidad como si fuera un logro, como si fuera un servicio, como si los cuerpos apilados en las celdas fueran un argumento a favor y no una herida abierta en el cuerpo del continente.

Lemebel lo hubiera escrito desde las tripas, con esa ternura feroz de quien ha visto demasiado como para escandalizarse pero no lo suficiente como para no llorar:

míralo cómo llora, míralo cómo miente, míralo cómo los tiene a todos comiendo de su mano extendida sobre el país, míralo con la motosierra, míralo con el traje oscuro, míralo transmitiendo en vivo los cuerpos que aplasta, y qué lindos que están todos, qué contentos, qué calentitos en su rabia compartida que alguien finalmente supo embotellar y vender.

Aquí reside el daño: no en cómo engañan: no cómo engañan a la gente. Sino qué satisfacen. Qué dan que nadie más supo dar. Qué hambre llenan aunque sea con piedras. Porque la gente que sigue a Homelander no es estúpida. Es gente que encontró en él lo que el mundo le negó sistemáticamente: la sensación de que existe alguien que puede. Que no pide disculpas. Que no se doblega ante los que siempre mandaron. Que su rabia —la rabia verdadera, legítima, acumulada en el cuerpo durante años de precariedad y olvido y promesas rotas— tiene finalmente un nombre, una dirección, una bandera.

Que ese nombre sea mentira es un detalle que el corazón procesa distinto que la razón.

El gorro rojo no es un accesorio político. Es el tatuaje del que no tiene nada más que perder. Es la motosierra que uno alza cuando ya no queda nada que conservar. Es el voto por el hombre del traje oscuro cuando el otro hombre del traje oscuro también te dejó sin nada. Es la aprobación al CEO cool cuando la pandilla te tenía de rehén y el Estado ni siquiera fingía que le importabas.

La marca en el cuerpo que dice yo pertenezco cuando todo lo demás dice tú sobras.

Homelander tiene daños colaterales.

Los tiene siempre. Y siempre son los mismos.

Catrileo sabe de qué cuerpos se habla. Los que habitan la tierra que el Estado llama recurso y el mercado llama oportunidad y el héroe llama obstáculo. Los que cruzan el desierto de noche con los pies en carne viva hacia un país que los llama invasión. Los que aman de la manera que la norma llama peligro. Los que hablan en lenguas que el procedimiento democrático no reconoce como argumento válido. Los que recuerdan desde las entrañas lo que el relato oficial declaró olvidado. Los que están en las cárceles de Bukele sin haber hecho nada excepto nacer en el cuerpo equivocado en el barrio equivocado en el momento en que alguien necesitaba llenar una cuota de seguridad para alimentar una estadística que alimenta una aprobación que alimenta una pantalla que alguien mira desde lejos y dice por fin alguien que hace algo.

Esos sueños aplastados no aparecen en el encuadre principal. Aparecen antes: como el problema que el héroe viene a resolver. Aparecen después: como el costo que nadie contabiliza porque el héroe ya salió de cuadro.

No hay Homelander sin los cuerpos que debe aplastar para sostenerse. MAGA tampoco opera sin fabricar un enemigo listo para ser arrasado por el ICE. La motosierra no existe sin los jubilados que absorben el ajuste en silencio, muchos al borde de morir en silencio. El orden de Kast necesita, para afirmarse, convertir al pueblo mapuche en amenaza letal. Y la seguridad de Bukele se construye sobre cuerpos pobres que llenan sus cárceles.

El fascismo espectacular es igualitario en una sola cosa: ofrece a todos la posibilidad de identificarse con el que aplasta.

La diferencia es quiénes terminan en el suelo.

Siempre los mismos. Con distintos nombres según el país. Con distintas lenguas. Con distintas heridas. Pero siempre los mismos cuerpos, los mismos territorios, la misma lógica implacable del que no tiene pantalla porque es la pantalla, porque su dolor es el contenido que el espectáculo consume para producir la siguiente temporada del héroe.

La serie terminó.

Trump volvió.

Milei gobierna. Kast abre su propia temporada. Bukele construye la cárcel más grande del hemisferio y el mundo le aplaude desde las redes.

Las urnas dijeron lo que las urnas dijeron y el mundo amaneció con esa luz rara de los días en que algo se confirma que uno esperaba que no se confirmara, con ese frío particular en el estómago que no es sorpresa porque uno ya lo sabía sino algo peor: la confirmación de que lo que uno sabía era verdad y la verdad no alcanzó.

Debord era pesimista de la manera más honesta: el espectáculo incorpora todo lo que lo critica. Lo devora. Lo engulle. Lo convierte en contenido. The Boys es una corporación global criticando a las corporaciones globales desde una plataforma de streaming que extrae datos de quienes la miran. Estas palabras circularán, si circulan, por las mismas redes que distribuyen el contenido que analiza. La contradicción no se resuelve. El dolor persiste. Se nombra y se deja ahí, como astilla porfiada bajo la piel, para que no permita el gesto demasiado limpio de la crítica que se siente bien consigo misma.

Porque algo en la imagen de Homelander llorando sigue siendo verdadero de una manera que el cinismo inteligente no alcanza a cubrir del todo.

Esa imagen ocurrió en la pantalla.

Ocurrió en los rallies de Florida y en los mitines de Buenos Aires y en los actos de Santiago y en los videos de San Salvador que el propio presidente subió orgulloso.

Ocurrió en los cuerpos que votaron con una rabia tan real como mal dirigida. Con un hambre tan legítima como mal alimentada.

Seguirá ocurriendo mientras el capital necesite héroes que administren su propia violencia con cara de víctima. Mientras haya pantallas suficientes para distribuir el espectáculo. Mientras haya cuerpos suficientes que paguen ese costo lejos del encuadre, en territorios que el mapa oficial llama periferias y que son, para quienes los habitan con los pies en la tierra y la memoria en el cuerpo, el único centro que conocen.

Apagar la pantalla no alcanza.

Hay que preguntarse qué hambre nos puso a mirarla.

Hay que preguntarse qué construimos mientras mirábamos.

Hay que preguntarse, sobre todo, quién no tuvo pantalla.

Quién fue la pantalla.

Quién fue el contenido que consumimos sin saberlo.

Quién está pagando ahora mismo, en este momento, mientras lees esto, el costo de que Homelander siga volando y sonriendo.

Cristián Fuentes

Politólogo miembro de la Fundación Miguel Enríquez.

Un comentario en "Todos amamos a Homelander: The Boys, Trump, MAGA y las ultraderechas o el fascismo que aprendió marketing"

  • Elisa mayo 6, 2026

    Muy interesante análisis. Gracias

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