Una cartografía del duelo: Infortunio, de Úrsulaveramar – Carcaj.cl
Una cartografía del duelo: Infortunio, de Úrsulaveramar

De arte natandi, 1578 (intervenida)

07 de junio 2026

Una cartografía del duelo: Infortunio, de Úrsulaveramar

En torno a Infortunio, de Úrsulaveramar. Desobediente Editorial, 2025.

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La palabra no busca la sanación inmediata, sino la visibilización de una herida que la sociedad prefiere ignorar. Prestemos atención a las palabras de la Poeta argentina Alejandra Pizarnik:

“Entre otras cosas, escribo para que no suceda lo que temo; para que lo que me hiere no sea; para alejar al Malo (cf. Kafka). Se ha dicho que el poeta es el gran terapeuta. En este sentido, el quehacer poético implicaría exorcizar, conjurar y, además, reparar. Escribir un poema es reparar la herida fundamental, la desgarradura. Porque todos estamos heridos”.

En Infortunio la herida es el duelo, herida que se resiste al olvido. Un duelo no convencional porque no es escrito como una etapa que se supera, sino un territorio que se habita con «desobediencia». Úrsulaveramar se niega al mandato de «cerrar procesos», de “dejar ir”, transformando la pérdida en una presencia constante a través del verso. Esta postura recuerda a la poeta Chantal Maillard, quien sostiene que escribir es un modo de «detener el tiempo» para observar el dolor sin huir de él. En Infortunio, el duelo queda cristalizado como una memoria que no se borra y que vuelve a aparecer cada vez que se visitan los poemas.

La autora entra en el dolor «como quien entra a una casa en ruinas, sin pedir permiso» para visibilizar la herida.

Ante la dificultad de retener la imagen del ser amado, la escritura se vuelve un acto de voluntad que intenta persistir en el recuerdo: «no consigo sostener tu recuerdo / me resisto / hurgo en mi médula / proclamo tu rostro para la eternidad». El libro es un homenaje explícito a su padre y hermano, buscando «conectar con los muertos» a través de cada línea trazada.

Para la voz poética dentro del libro, el dolor no es una abstracción metafísica, sino un evento biológico que «atraviesa el cuerpo». La poeta describe cómo el infortunio altera la percepción sensorial y desgarra la carne. Esta «poesía del cuerpo y del vínculo» dialoga con la obra de Alejandra Pizarnik (citada en el poemario), quien exploraba la fragmentación del yo.

El sufrimiento se manifiesta como una respuesta física violenta: «mi estómago cercena el músculo primario / en un grito desesperado la garganta muere». La desesperación se describe como un estallido material: «sangran mis sesos / esparcidos en el suelo».

Letras que brotan de las venas: La autora siente la necesidad de expulsar las palabras para no ahogarse en ellas: «clamando palabras que se ahogan / quieren ser expulsadas de mis venas».

El poemario va más allá, aborda con crudeza el suicidio, un tema rodeado de «silencio» y «máscaras» en la cultura contemporánea. Úrsulaveramar devela lo que otros callan, explorando la culpa y la sensación de ser una «suicida en vida», porque efectivamente, la pérdida del sentido lleva a una existencia fantasmal: «mi carne respira sin vida”, dice. Es un morir que no deja de acontecer y ser consciente y que por ello se escribe. Morimos cuando nos vemos desprendidos de los vínculos primarios del amor, de las personas que nos ayudan a vivir. Quedamos cojos, sintiendo que ese duelo es también por nosotras mismas, por lo que no se podrá recuperar, por los cuerpos de otros, por sus afectos.

La interpelación ahonda más: La poeta observa símbolos en lo cotidiano (como en las tazas de café) que cuestionan sus «aires de libertad». El sentimiento de responsabilidad se vuelve un «tedio de la sanación», un capullo que impide avanzar pero que la poeta decide enfrentar con rigor. Un eje central de la obra es la figura del padre como roble y guía, cuya partida deja a la voz poética en una «inseguridad abrazadora». Al igual que Gabriela Mistral (también citada en la obra), Úrsulaveramar utiliza el canto para arrullar la memoria de los que partieron prematuramente. La autora confiesa: «Me siento huérfana de tu sabiduría campechana, papá. Estoy a la deriva».

El poema «Niño se ha dormido» actúa como un responso tierno y doloroso para su hermano: «Mi niño se ha dormido / bajo el umbral de la puerta / se ha colado un ángel / envolvió su alma». En un diálogo imposible, la poeta anhela un encuentro final para confesar sus dolores: «moriré por un abrazo […] y me sentaré frente a ti / para confesar mis dolores».

Finalmente, Infortunio propone que el oficio de escribir no es «aplacar el silencio», sino pintarlo. Como afirma Cecilia Vicuña (citada en el libro), la poética es una forma de preguntar. Úrsulaveramar pregunta al vacío y recibe, como respuesta, sus propios versos. Los muertos, las pérdidas, las ausencias, pasan a ver objetos materiales de la poesía, en un rito que enaltece el tránsito de verse desprendida de los afectos y decidir quedarse, detener allí.

En su biografía, la autora declara que la poesía es «la mano secreta que salvó mi vida». El libro, hecho «a pulso» y artesanalmente por Desobediente Editorial, es un recordatorio de que nombrar la herida es, en sí mismo, un acto de resistencia y dignidad.

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